Cádiz, tres mil años de mar y libertad

Tan trimilenaria como su historia son los suaves atardeceres que se derraman en el Campo del Sur. Cádiz, la Tacita de Plata, la de los barrios de la Viña, el Pópulo y Santa María, la que chascarrillea con sus tertulias en el Mentidero y se viene a tomar el sol en la Plaza de San Antonio o la Playa de la Caleta, al abrigo del Balneario de la Palma.

El corazón de la ciudad late desde la Plaza de San Juan de Dios, escoltado por el edificio neoclásico del Ayuntamiento. Se divisa el mar, tras el puerto, desde esta plaza. El sabor a sal llega hasta los muros del Hospital de San Juan de Dios, y sube la empinada Cuesta de las Calesas que bordea el barrio de Santa María, barrio gitano, hasta los muros de Puerta Tierra. Por aquí se entraba, a mediados del siglo XVIII, a la zona antigua de Cádiz.

Por aquí se respiran los ecos del mar que rodea la ciudad. Desde Puerta Tierra hasta la Alameda, de allí al Baluarte de la Candelaria, el Castillo de San Sebastián, la Caleta, el Campo del Sur, la Cárcel Vieja y las cúpulas de la catedral nueva. El mar es una estela sibilina que amenaza con su estampa los muros de Cádiz.

Ya una vez, en 1750, quisieron entrar las aguas en la ciudad. Fue la Virgen de la Palma, desde su iglesia en la calle del mismo nombre, en el Barrio de la Viña, quien impidió el acceso turbulento de las olas. En la misma calle de este barrio tan popular, rodeado de bares de pescaíto frito y fachadas encaladas, hay una placa que recuerda aquella efeméride milagrosa.

Cádiz fue la cuna de la libertad, la ciudad de los liberales, la que en 1812 se enfundó la casaca de la valentía, y desde el Oratorio de San Felipe Neri le gritó a los cuatro vientos que España era España, y que no había más que hablar. La Constitución de 1812 tiene su magno recuerdo en la Plaza de España, con un enorme monumentos rodeado de jardines.

Desde esta plaza puede uno perderse por el centro histórico de Cádiz, subiendo la calle de San Francisco hasta encontrar el aroma a café del Callejón del Tinte. A pocos metros se abre la Plaza Mina, con el Museo de Cádiz y sus enormes árboles centenarios. De allí a la Plaza San Antonio, calle Ancha, bajando por el Palillero y encontrando la céntrica calle de Columela, que nos lleva a la concurrida y recoleta Plaza de las Flores.

De ahí al Barrio de la Viña, barrio marinero y de carnaval, un paso. Paso que damos en la Cruz Verde, en la calle Pericón de Cádiz, desde la que se divisa el atardecer de la Caleta.

Cádiz trimilenaria, tazo de plata de un Atlántico que la busca y la esconde bajo sus aguas desde hace siglos. Quién se enamora en Cádiz tiene el paraíso ganado.

Foto Vía Budd Eaze

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