Combarro, hórreos y cruceiros en Pontevedra

Recuerdo que estábamos veraneando en Sanxenxo, frente a la Playa de la Lanzada, la misma que todos los veranos recorre de punta a cabo Mariano Rajoy. En la pequeña guía de viajes que llevaba de las Rias Baixas vi unas fotos de un lugar que me llamó mucho la atención. Un lugar típicamente marinero, en donde los hórreos, la piedra y los cruceiros salpicaban su entorno.

No pude por menos que organizar una excursión hasta Combarro, apenas a diez kilómetros de Sanxenxo y a unos siete kilómetros de Pontevedra. Declarado en 1972 Conjunto Histórico Artístico, Combarro es el sabor y el tipismo de Galicia llevados hasta el extremo dulce del mar y el vuelo blanco de los cormoranes.

Sus calles y plazas empedradas, de rancio sabor marinero, ofrecen un sugerente recorrido de hórreos y cruceiros. No hay que andar mucho para ver el mar en Combarro. Su arquitectura tradicional de arcos y soportales de roca viva, dibujan un horizonte azul en el que hallar la esencia de esta zona.

Casas de piedra, tejados en pendiente, balcones con macetas de colores, y el paisaje siempre presente de cruceiros y hasta treinta hórreos. Las calles están llenas de turistas. Algunas puertas se abren para dar a probar alguna joya gastronómica, algun licorcito de café o hierbas. Combarro se ha vuelto demasiado turístico…

Bajando por sus callejuelas llegamos hasta el puerto. Desde allí se puede ver, en medio del mar, la boscosa Isla de Tambo, a la que vienen a derramarse un abanico de gaviotas y cormoranes. Resulta un verdadero placer sentarse en la terraza del puerto, con el aldabonazo del olor a sal en los sentidos.

Pequeñas casas marineras se asoman al mar como damas que buscan el amor allende otros puertos. Frente a esta silueta cabalgan varios hórreos, eternos símbolos de una Combarro que enamora desde la sencillez de su piedra. Dicen que es el casco viejo más pequeño de Galicia, pero no les quepa duda que está entre los más hermosos.

Con el sabor sugerente de Combarro volvimos a Sanxenxo, recordando los soportales de piedra, las pequeñas barquitas de colores amarradas en el puerto, a los pies de las gaviotas. Y ese ejército de madera y piedra que se alinea frente al mar, en forma de hórreos, como si hubieran sido desde siempre la muralla dócil de Combarro.

Foto Vía Hameli

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